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No es lo mismo despedir que echar

Lo que hay detrás de muchas búsquedas laborales. La búsqueda laboral rara vez empieza con un currículum. Empieza mucho antes, en una experiencia que deja marca.

Por Valeria De Giorgi ·
No es lo mismo despedir que echar

Cuando alguien llega a trabajar conmigo en su búsqueda laboral, casi nunca empezamos por el currículum. Empezamos por lo que pasó antes. Y en esa conversación, tarde o temprano, sale la historia de cómo terminó en el trabajo anterior.

Lo que escucho no es uniforme. Hay personas que llegaron a esa situación con tristeza pero con claridad. Y hay personas que llegaron rotas. La diferencia, en la mayoría de los casos, no está en el hecho de haber sido desvinculadas. Está en cómo sucedió.

Despedir y echar son dos cosas completamente distintas, aunque en los papeles figuren como lo mismo.

Cuando una salida se gestiona bien

Un despido bien gestionado no es indoloro. Perder el trabajo duele, casi siempre. Pero hay una diferencia enorme entre el dolor del cambio y el daño que deja una salida mal manejada.

He conocido personas que recibieron una noticia difícil con tiempo, con explicaciones honestas, con respeto. Que tuvieron la posibilidad de despedirse de su equipo. Que recibieron una carta de recomendación sin tener que pedirla con vergüenza. Que salieron con la sensación de que la decisión fue sobre la organización, no sobre su valor como personas.

Esas personas llegan a la búsqueda laboral con energía. Con perspectiva. Incluso, a veces, con alivio de haber salido de un lugar que ya no les daba lo que necesitaban.

Cuando una salida deja marca

Después están los otros casos. El llamado a las nueve de la mañana del lunes sin contexto previo. La reunión de diez minutos con el responsable de Recursos Humanos y un abogado. La caja con las cosas del escritorio esperando en recepción. El acceso al correo bloqueado antes de que la persona llegara a su casa.

O algo más silencioso pero igualmente dañino: el proceso de semanas en que el líder empieza a ignorar a la persona, a excluirla de reuniones, a cambiarle responsabilidades sin explicación, hasta que la situación se vuelve insostenible y la persona termina renunciando. Eso también es echarla, aunque no haya carta documento.

Las personas que vivieron eso llegan a la búsqueda laboral con una mochila enorme. Tardan más en confiar en un proceso de selección. Tienden a subestimarse. Necesitan tiempo —y acompañamiento— para separar lo que pasó de quiénes son.

Lo que una salida dice sobre la cultura

Hay algo que pocas organizaciones piensan cuando diseñan —o evitan diseñar— sus procesos de desvinculación: la forma en que tratan a quien se va define cómo se sienten quienes se quedan.

Un equipo que vio a un colega ser tratado sin dignidad no lo olvida. Eso vive en las conversaciones informales, en el nivel de confianza hacia la dirección, en la decisión silenciosa de muchos de empezar a mirar afuera.

La cultura no se construye solo con los momentos celebrados. Se construye, y se destruye, también en los momentos difíciles. Y pocas cosas son más difíciles —y más reveladoras— que una salida.

Una reflexión para líderes y áreas de RRHH

Si tenés responsabilidad sobre cómo se gestionan las desvinculaciones en tu organización, te hago una sola pregunta: ¿cómo querés que recuerde ese momento la persona que se va?

No te pido que lo hagas indoloro, porque probablemente no puedas. Te pido que lo hagas digno. Que haya una conversación honesta. Que la persona sienta que fue vista como persona y no como un recurso que se descontinúa.

Eso no es solo humanismo. Es criterio. Las organizaciones que saben cerrar ciclos con respeto son las mismas que tienen más fácil atraer talento, porque su reputación llega antes que su aviso de búsqueda.

Y a quienes están en ese proceso ahora, del otro lado: lo que pasó dice algo sobre el lugar en el que estaban. No sobre lo que valen.

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